El primado de Pedro

Nuestro Señor Jesucristo confirió a San Pedro el mando supremo de su Iglesia. En varios pasajes bíblicos de la Sagrada Escritura consta que Cristo nombró a San Pedro Jefe de la Iglesia. A considerar las siguientes:

Cristo declaró a San Pedro piedra fundamental de su Iglesia: “Bienaventurado eres, Pedro… Y yo te digo que sobre ti, Pedro, edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16, 18).

Cristo le prometió a San Pedro las llaves del reino de los cielos: “Te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que atares en la tierra atado será en el cielo; y lo que desatares en la tierra, desatado será en el cielo” (Mt. 16, 19).

La expresión dar las llaves equivale a darle el poder supremo sobre su Iglesia, a la que muchas veces llama “reino de los cielos”. Y le promete confirmar desde el cielo lo que Pedro haga sobre la tierra en virtud de ese poder supremo.

Cristo antes de su pasión le dirigió a Pedro estas palabras: “Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32).
Confirmarlo en la fe, y encargarlo de confirmar en ella a sus hermanos, es constituirlo guardián y maestro supremo de ella.

Antes de subir al cielo, Cristo le dice a Simón: “Apacienta mis corderos; apacienta mis ovejas” (Jn. 21, 25). Lo nombró, pues, pastor, no de un rebaño material, que no tenía; sino de su Iglesia a la que muchas veces designa con tal nombre.

El vicario de Cristo en la tierra es como el buen pastor, que conoce a sus ovejas, las gobierna solícito, las defiende del lobo y las ama hasta derramar su vida por ellas (Jn 10); cuando ama profundamente a Cristo y, por este amor, acepta la misión de apacentar a toda su grey dando por ella su propia vida ( Jn 21,15 ss.), viviendo como un servidor y siervo de sus hermanos en la fe (Mt 20,25-28; 23,11; Mc 9,34; 10,43-44; Le 9,46-48). Entonces su misión es, no sólo legítima, sino que alcanza el máximo de su eficacia.

Basándose en el testimonio del Nuevo Testamento, la Iglesia católica enseña, como doctrina de fe, que el Obispo de Roma es Sucesor de Pedro en su servicio primacial en la Iglesia universal; esta sucesión explica la preeminencia de la Iglesia de Roma, enriquecida también con la predicación y el martirio de san Pablo.

El ejercicio del ministerio, para que no pierda su autenticidad y transparencia, debe entenderse a partir del Evangelio, o sea, de su esencial inserción en el misterio salvífico de Cristo y en la edificación de la Iglesia. 

El Romano Pontífice, como todos los fieles, está subordinado a la Palabra de Dios, a la fe católica, y es garante de la obediencia de la Iglesia. No decide según su arbitrio, sino que es portavoz de la voluntad del Señor, que habla al hombre en la Escritura vivida e interpretada por la Tradición; en otras palabras, el Primado tiene los límites que proceden de la ley divina y de la inviolable constitución divina de la Iglesia contenida en la Revelación.

Las características del ejercicio del Primado deben entenderse sobre todo a partir de dos premisas fundamentales: la unidad del Episcopado y el carácter episcopal del Primado mismo. El Primado del Papa conlleva la facultad de servir efectivamente a la unidad de todos los Obispos y de todos los fieles, y se ejerce en varios niveles, que se refieren a la vigilancia sobre la transmisión de la Palabra, la celebración sacramental y litúrgica, la misión, la disciplina y la vida cristiana. A estos niveles, por voluntad de Cristo, en la Iglesia todos, tanto los Obispos como los demás fieles, deben obediencia al Sucesor de Pedro, el cual también es garante de la legítima diversidad de ritos, disciplinas y estructuras eclesiásticas entre Oriente y Occidente. 

El Primado del Obispo de Roma, por su carácter episcopal, se ejerce, en primer lugar, en la transmisión de la Palabra de Dios; por eso, incluye una responsabilidad específica y particular en la misión evangelizadora, dado que la comunión eclesial es una realidad esencialmente destinada a ampliarse: Evangelizar constituye la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda.

La tarea episcopal que el Romano Pontífice tiene con respecto a la transmisión de la Palabra de Dios se extiende también dentro de toda la Iglesia. Como tal, es un oficio magisterial supremo y universal; es una función que implica un carisma: una asistencia especial del Espíritu Santo al Sucesor de Pedro. Como todas las Iglesias están en comunión plena y visible, porque todos los pastores están en comunión con Pedro, y así en la unidad de Cristo, del mismo modo los Obispos son testigos de la verdad divina y católica cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice.

Además de la función magisterial del Primado, la misión del Sucesor de Pedro sobre toda la Iglesia conlleva la facultad de realizar los actos de gobierno eclesiástico necesarios o convenientes para promover y defender la unidad de fe y de comunión. Entre éstos hay que considerar, por ejemplo: dar el mandato para la ordenación de nuevos Obispos, exigir de ellos la profesión de fe católica y ayudar a todos a mantenerse en la fe profesada. 

La unidad de la Iglesia, al servicio de la cual se sitúa de modo singular el ministerio del Sucesor de Pedro, alcanza su más elevada expresión en el Sacrificio Eucarístico, el cual es centro y raíz de la comunión eclesial; comunión que se funda también necesariamente en la unidad del Episcopado. Por eso, toda celebración de la Eucaristía se realiza en unión no sólo con el propio Obispo sino también con el Papa, con el orden episcopal, con todo el clero y con el pueblo entero.

 

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