El Bautismo

De acuerdo al Catecismo de la Iglesia Católica, el santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión. (Catecismo 1213).

El Bautismo, el más bello y magnífico don de Dios, lo llamamos de diversas maneras: don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real; iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios. (Catecismo 1216).

Tres evangelistas nos revelan este hermoso Sacramento en la Sagrada Escritura:

“Vayan por todo el mundo y prediquen la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará”
(Marcos 16,15-16)

“Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado” (Mateo 28,19-20).

“El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne. Y lo que nace del Espíritu, es espíritu”
(Juan 3,5-6).

En el Libro de los Hechos de los Apóstoles, vemos en la primera predicación el siguiente versículo:

“Conviértanse y háganse bautizar cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo, para que sus pecados sean perdonados”
(Hechos 2,38).

En aquel tiempo, los apóstoles debían bautizar a todos, niños y adultos, comenzando por predicar en los adultos, bautizarlos y luego continuar con los niños. En la práctica contemporánea, los niños deberían recibir el Bautismo al momento de nacer.

Mediante el Bautismo se nos borra el pecado original: “Un solo hombre desobedeció y todos llegaron a ser pecadores” (Romanos 5,19). Junto a ello, nuestro Dios nos envía su Espíritu Santo: “Pues yo los bautizo con agua pero él los bautizará en el Espíritu Santo” (Marcos 1,8). Y a  través de este Sacramento, ingresamos a la Iglesia.

Jesús, quien no tenía pecado original, fue bautizado también en el Espíritu Santo: “Al salir del agua, Jesús tuvo esta visión: los cielos se rasgaban y el Espíritu Santo bajaba sobre él como paloma” (Marcos 1,10).
Bautizar en nombre de alguien, quiere decir, hacerlo renacer a una vida nueva injertándolo en alguien. De esta forma, al principio se quiso subrayar el papel central de Cristo en la obra de la salvación y por eso se bautizaba en su nombre. Al descubrir el papel más amplio de toda la Trinidad con relación a esta obra, se llegó a la fórmula trinitaria:

“Vayan y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”
 (Mateo 28, 19).

El protestantismo en general, critica el Bautismo Católico en ciertos aspectos. Argumentan que no tiene sentido Bautizar a los niños, pues ellos no tienen fe ni pecado. Sin embargo en los versículos anteriormente descritos, no se hace excepción alguna, en cuanto que Jesús manda a que todos sean bautizados. San Marcos solamente hace referencia a que primero se debe predicar, pues se debe creer para ser bautizados. Es lógico, ya que su evangelio presenta la primera etapa del cristianismo en donde primero era necesario predicar y bautizar a los que conseguía la conversión; aún no existían hijos cristianos.

Si la Iglesia es el Nuevo Pueblo de Dios, tendrá de todo: grandes y pequeños. No importa si estos entienden o no. Por eso se bautiza a los niños, para que también ellos puedan formar parte de la Iglesia.
Otro punto divergente que podemos destacar, es que muchos hermanos separados, afirman que el bautismo debe realizarse con agua y en un río. No obstante, los mismos apóstoles fueron bautizados el día de Pentecostés en el Cenáculo, sin la presencia del agua. “El Espíritu Santo fue simbolizado por el fuego” (Hechos 2,1-4).

La paloma, el agua o el fuego son símbolo del Espíritu Santo. Los mismos apóstoles fueron bautizados el día de Pentecostés en el Cenáculo, sin la presencia del agua. El Espíritu Santo fue simbolizado por el fuego (Hechos 2,1-4). Así que están equivocados los que dicen que el bautismo tiene que ser administrado en un río. De hecho el día de Pentecostés fueron bautizados 3000 personas en Jerusalén, y sabemos que en Jerusalén no hay ningún río (Hechos 2,41). También podemos recordar el bautismo del eunuco de la reina de Etiopía, que se realizó en un lugar donde no había río, sino algo como charco o pozo (Hechos 8,36-38).

Igualmente en el caso de Cornelio (Hechos 10,47-48) y del carcelero (Hechos 16,33). Lo importante es bautizar. La manera práctica de realizar el bautismo depende del tiempo y del lugar. La misma Biblia presenta distintas manera de bautizar y el Derecho Canónico las confirma: "El bautismo se ha de administrar por inmersión o infusión, es como la conocemos, sumergidos en agua; la forma por infusión es aquella en que se derrama agua sobre la cabeza del bautizado; por aspersión es rociar agua con hisopo. De acuerdo con las normas de la Conferencia Episcopal" (c. 854)

PADRINOS

Con el afán de buscar siempre más pretextos para atacar a la Iglesia, hay gente que dice: "¿Dónde la Biblia habla de "padrinos"? ¿Qué significa "padrino"? ¿Por qué los católicos usan "padrinos" en el Bautismo?" He aquí una breve respuesta al respecto. Padrino quiere decir "segundo padre". Los padrinos se toman el compromiso de ayudar a los papas en la educación cristiana de los ahijados. Faltando los padres, intervienen los padrinos. Pues bien, ¿qué hay de reprochable en todo esto? ¿Acaso hay que hacen todo y sólo lo que está escrito en la Biblia? Una vez más: Jesús ordenó bautizar. Según los lugares y los tiempos, se establecen las modalidades concretas para realizar el bautismo: en el río, en una alberca, con agua sobre la cabeza, con padrinos, pastores o maestros, entre otros.








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